Inicio > Varios > Ahuyentando Demonios

Ahuyentando Demonios

Ahuyentando Demonios

A los pocos días de nuestra llegada, arribó mucha gente del sur. El rostro de Swami estaba radiante, como el de una madre a la vis­ta de todos sus hijos. No tenía ni un minuto de descanso. Esta vez era considerablemente mayor el número de pacientes poseídos por de­monios. Aunque resulte divertido de observar, echar al demonio constituye una ardua tarea. La mayoría de los pacientes eran mujeres.

De pronto, por ejemplo, una mujer comenzaba a chillar. Con los cabellos desordenados, se sacudía de un lado a otro, gritando cosas ininteligibles. Algunas personas la arrastraban a la fuerza hacia el Mandir y la obligaban a sentarse. De pie frente a ella, Swami le iba preguntando cuál era su nombre; cuál su lugar de origen, etcétera. Mas ella, enfurecida, comenzaba a gritar: “¡Quién eres tú para inte­rrogarme! ¡Soy ‘Kateri’, desgraciado! ¿Cómo te atreves a interrogar­me? ¡Vete!”. Swami, entonces, la tomaba del pelo y la arrastraba en círculos. Nuestros corazones solían encogerse de miedo, y nuestros cuerpos se congelaban. Mientras Swami la hacía
girar en el suelo, ella gritaba y lo insultaba con el más grosero lenguaje. Al mismo tiempo, se balanceaba de uno a otro lado. Primero, Swami intenta­ba persuadirla para que se fuera. Le decía: “Tus trucos no funciona­rán conmigo. Vete. Si no te vas, te voy a abofetear”. Su voz sonaba como el rugido de un león. Si no lo obedecía, le daba bofetadas. Nosotros huíamos y, escondidos tras las puertas y las ventanas, lo observábamos. Para entonces, el rostro de Swami ardía con feroz enojo. Sus ojos brillaban como ascuas. Parecía haber adquirido la fuerza de un elefante. Incapaz de seguir soportando los golpes, el demonio empezaba a suplicar: “Déjame, me marcharé”. “¡Vete, ve­te!”, gritaba Swami, sin soltar la mata de cabellos que sostenía en Su mano, hasta que se hubiera ido el demonio. Tan pronto como se hu­biera ido, se detenía el bamboleo de la paciente, y ésta se desma­yaba. Después la llevaban adentro y la revivían
con unos sorbos de agua. Luego volvía y, cayendo a los pies de Swami, le daba las gra­cias, mientras corrían las lágrimas por sus mejillas: “Swami, eres Dios realmente. Ese demonio me dejó”. Con un giro de Su mano, Swami solía crear un talismán y, entregándoselo, le aseguraba: “Ya no hay motivo para que temas. Sé feliz”. A continuación, la bendecía y la enviaba a su casa.

Solía ahuyentar unos cuatro o cinco demonios por día. ¿No se las­timarían Sus manos, tan suaves como rosas? ¿De dónde sacaba tanta fuerza este pequeño Swami que parecía tan débil? Tan pronto como el demonio partía, Él se dejaba caer en Su silla, jadeando, mientras es­te “ejército de langostas” de los niños lo rodeábamos. Algunos lo aba­nicaban. Otros le acariciaban las manos. Swami nos daba palmaditas en la cabeza y preguntaba cariñosamente: “¿Estaban asustados?”. No­sotros inquiríamos con afectuosa preocupación: “¿Swami, Te duelen las manos? ¿Te sientes débil?”. Cuando lo interrogábamos
así, con los corazones llenos de pesar, solía contestar con una sonrisa: “¿Piensa una madre alguna vez en su propio dolor? ¿No es el deber de una ma­dre proteger a sus hijos? Estoy muy bien”. Incluso mientras decía es­to después de haber reposado un poco, podía suceder que oyéramos nuevamente los chillidos de otro demonio. Le suplicábamos: “No más por hoy, Swami”. Mas Él se levantaba con una sonrisa y, diciéndonos: “Váyanse a cierta distancia y siéntense”, se dirigía hacia la paciente.

Un demonio en particular se mostró especialmente obstinado. Ni golpes ni amenazas lo hicieron moverse. Observando a Swami desde cierta distancia, con nuestros corazones llenos de compasión, malde­cíamos al demonio. Obviamente era muy testarudo. Seguía lanzando gritos y profiriendo insultos. Swami se veía fatigado después de propi­nar tantos golpes. Levantando a la mujer por los cabellos, la hizo girar en el aire y la lanzó lejos, como si fuese una pelota. Su cuerpo chocó contra un muro, rebotó y cayó de vuelta a Sus pies. Mudos de terror, nos apretujamos contra la pared. La mujer era de contextura robusta. ¿Cómo había sido capaz Swami de levantar ese peso? ¿Mas no había le­vantado antaño (como Krishna),
la montaña Govardhan con Su dedo meñique? Todos estábamos concentrados mirándolo. Su cuerpo estaba bañado en sudor. Sus ojos estaban inyectados en sangre y parecían terribles. Sosteniéndola nuevamente por los cabellos, gritó: “¿Te vas a ir después de esto? ¿Has aprendido tu lección?”. “¡Bueno’ ¡Basta! ¡No me golpees más! ¡Me marcho y nunca volveré!”. Diciendo estas palabras, el demonio huyó, temblando y sacudiéndose. Del centro de la cabeza de la mujer, Swami arrancó con fuerza un mechón de cabellos. Debajo de él se podía ver una protuberancia con forma de espina. Swami le hizo gestos al marido y se la mostró diciéndole algo en voz baja. Entonces ordenó que se la escoltara dentro. Swami jadeaba buscando recuperar el aliento. Su rostro tenía todavía una expresión de fiereza. Mas, cuan­do nos vio espiándolo desde una esquina, nos sonrió. Eso era sufi­ciente. De inmediato nos
agolpamos a Su alrededor. Entretanto, salió el marido de la mujer, y Swami le dijo: “No se trata únicamente de un ca­so de posesión del demonio. Alguien le echó un maleficio. Se recurrió a la magia negra y se le pagó a un mago para que hiciera todo tipo de pujas para hacerle perder la cordura. Ahora ya no hay nada que temer”. El marido cayó llorando a los pies de Swami. Más tarde, Él creó un ta­lismán y, poniendo dentro los cabellos que le había arrancado a la mu­jer, lo cerró y se lo colgó a ella del cuello.

A nuestra pregunta de: “¿Existen realmente los demonios, Swami?”, nos respondió: “¡Sí! Aquellos que se suicidan, los que mueren en un accidente, los que fallecen prematuramente, todos ellos andarán va­gando como espectros. Un demonio no podrá acercarse a alguien que sea fuerte. Se acerca a los débiles y los vuelve locos como en es­tos casos. A veces, un hombre se casa de nuevo cuando muere su primera mujer. Ésta, que ha fallecido con sus deseos insatisfechos, ‘posee’ la mente de la segunda y la tortura de esta manera. A veces, cuando está en juego una gran cantidad de bienes, los potenciales herederos contratan magos para hacer que el dueño se vuelva loco y así recibir la herencia. Existen
muchos casos como éstos”.

Swami ahuyentó los demonios de esta manera sólo durante un año. Más adelante, simplemente daba Vibbuti prasadam y, con ello, los demonios desaparecían.

Texto extraído del Libro: “Fuera de ti no hay refugio”,

por Smt. Vijayakumari

 

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios
Categorías:Varios
  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: