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La Oraciòn Diaria

La oración diaria
Sin renunciar a la pereza, ¿cómo se puede conocer la verdad?
Sin renunciar a la pasión, ¿cómo puede la devoción arraigarse?
Estén serenos y tranquilos en el apuro y la tormenta.
Éste es el camino sátvico para ganarse al Señor, la Verdad.
     La mente es una maravilla. Sus travesuras son aún más sorprendentes. No conoce distinción de forma ni figura, pues asume la del objeto con el que está involucrada. Su naturaleza es vagar de deseo en deseo, corriendo con rapidez de un anhelo hacia otro. Así, ella es la causa de la pérdida y la aflicción, de la exaltación y la depresión. Sus efectos son tanto positivos como negativos.
     Vale la pena que el hombre conozca las características de la mente y la manera de dominarla para el propio beneficio. La mente tiene propensión a recolectar experiencias y almacenarlas en la memoria. Desconoce el arte de renunciar, nada es desechado por ella. Como consecuencia, bulle continuamente de aflicción, ansiedad y miseria. Si sólo se le pudiera enseñar thyaga (sacrificio), el individuo podría volverse un yogui (persona espiritualmente serena).
Dhyana provee descanso para la inquieta mente
     Según todas las apariencias, el reloj no cesa en ningún momento su tic-tac, pero en realidad no es así. No es continuo, pues todos pueden darse cuenta de que hay una pequeña pausa entre un tic y el tac que le sigue. Éste es el intervalo de descanso, pero la mente ni siquiera tiene este pequeño lapso entre un pensamiento y el siguiente, además no hay orden ni relación en la sucesión continua de pensamientos. Esto contribuye a la confusión y la preocupación, siendo éstos la fuente principal de la mala salud en el hombre. Actualmente estamos planificando y preparándonos para el descanso físico y la recreación; sabemos que hasta las máquinas necesitan horas de descanso. Sin embargo, hemos descuidado el deber de asegurar el descanso de la mente. Dhyana (meditación) es el nombre del periodo de descanso que le proporcionamos a la mente ocupada e inestable.
     El corazón está ocupado con sus latidos, como el tic-tac del reloj, pero entre un latido y otro se genera un pulso nuevo de energía, contribuyendo al fluir sin importar los momentos pasados o futuros. Se trata de un flujo constante hacia una meta.
     El nadador tiene que empujar el agua del río hacia los lados y patalear con el fin de avanzar de manera directa y con rapidez, desplazando el agua hacia atrás en un acto que lo impulsa hacia adelante. Esto equivale a decir que no le den importancia, empújenla hacia atrás, abandónenla, renuncien a ella; sólo así se ayudarán a progresar, aunque no sea más que una pulgada. En lugar de ello, sin embargo, el hombre colecciona y almacena, acumula y se enorgullece de aquello que guarda firmemente sin que le importe lo precioso que es el rasgo humano de la renunciación. Entonces se hunde en las posesiones materiales, las victorias y los caprichos. Así no flota ni nada a través de las tentaciones.
     Debemos intentar descubrir y aprender los medios para progresar. Un poeta cantó: “¿Pueden los perros concebir la poesía llena de color? ¿Y conocen los asnos el sabor de los granos secos que cargamos sobre ellos? ¿Es capaz un ciego de admirar el encanto de una luna llena?” Podemos entonces preguntar cómo puede un hombre sumergido en un conocimiento relativo tener conciencia del Atma (el Absoluto), pero no hay razón para desesperar o para condenarnos como mezquinos y bajos, porque cuando hombres pequeños toman decisiones importantes, ganan aliento de los grandes. Cuando la minúscula ardilla decidió contribuir en la construcción del paso sobre el mar, ¿acaso no recibió las bendiciones del Señor Rama? La ardilla sabía que su ayuda únicamente podía ser infinitesimal, pero el sentimiento de dedicación que la impulsó le valió la gracia de Dios.
La devoción debe desbordar del corazón
     Los hombres, sin embargo, por lo general no subliman el pequeño sadhana por medio de un propósito elevado. Se dedican a los cantos colectivos, a la oración y los rituales y a la meditación, pero éstos son sólo ejercicios físicos. La mente no los eleva a la sinceridad, el corazón no se derrama ni vibra en ellos. En consecuencia, permanecen en el nivel humano; no se elevan hasta la Divinidad.
     El poeta pregunta: “¿Puede el lago llenarse cuando sólo cae una leve llovizna? ¿Puede la sed ser aliviada pasando saliva? ¿Puede el vientre llenarse conteniendo la respiración? ¿Puede obtenerse carbón quemado briznas de hierba?” Si se requiere carbón tienen que quemar los troncos; únicamente las cortinas de lluvia pueden llenar un lago hasta el borde; sólo un vaso de agua fría puede aliviar la sed, nada más. El corazón tiene que ofrecerse a plenitud.
     La devoción debe llenar y desbordar el corazón. Miren al loto: sus raíces están en el fango, debajo del agua. Crece a través del agua y flota en ella, pero no se mancha con el fango ni se moja con el agua. Lo maravilloso es que no puede sobrevivir sin uno ni la otra, pero se eleva hasta el aire y el sol. Nuestra vida hunde sus raíces en el Atma y crece entre las olas agitadas de la vida. Nunca se puede arrancar de su fuente átmica.
El dolor tiene tres fuentes y tres características
     A lo largo de las edades el hombre ha buscado la liberación y luchado por emanciparse de la esclavitud. Sin embargo, no tiene una percepción correcta de aquello de lo que se tiene que liberar, ni del tipo de esclavitud que lo aprisiona. Muchos ni siquiera se dan cuenta de que están prisioneros y encadenados. Así, ni siquiera intentan liberarse. ¿Son la familia, la esposa, los niños la prisión? ¿Son las riquezas, las posesiones y las propiedades las cadenas? ¿Son las atracciones y aversiones las ataduras que refrenan al hombre? No; nada de esto lo mantiene atado. La atadura más fuerte que limita sus sentimientos y sus acciones es su ignorancia acerca de quién es él en realidad.
     Hasta que no esté conciente del Atma (Espíritu divino), es seguro que el individuo se verá agitado por un dolor tras otro, con intervalos de alegría. El dolor tiene tres fuentes y, consecuentemente, tres características: 1) el dolor provocado por la irrealidad de lo aparente, 2) el dolor provocado por la falta de conocimiento o errónea comprensión a causa de las limitaciones de nuestros instrumentos de percepción e inferencia, o bien a causa del misterio del fenómeno divino que persiste en todo y 3) el dolor provocado por la muerte, la desintegración o disolución de las cosas que consideramos reales. Cuando el individuo se establece en la conciencia de la verdad del jivi (el ser individual), del jagath (cosmos) y de Dios, el Creador, ya no hay razón para sentir dolor o temor.
     Consideremos jagath, el cosmos visible alrededor de nosotros, al cual podemos conocer. Las cosas que experimentamos en los sueños desaparecen cuando nos despertamos, las cosas que vemos cuando estamos despiertos también tienen una vida breve. Durante el sueño no estamos concientes del mundo. A pesar de que el cuerpo está en la recámara, soñamos, y el sueño es tan directo y vívido que ya estamos de compras en Mount Road, en Madrás. Así, las fases de vigilia, sueño y sueño profundo son sólo relativamente reales, engañosamente reales. Cuando se acercan al internado cantando bhajans en el crepúsculo, el niño de la primera fila grita espantado “¡una serpiente! ¡una serpiente!” y el temor hace presa de todos y los hace retroceder; pero, ¿realmente era una serpiente? Un niño la observa con una antorcha encendida y se da cuenta de que solamente es una cuerda. La ignorancia provocó el temor, la sabiduría lo quitó. Cuando la antorcha ilumina al mundo, se ve que es verdaderamente Dios, Vishnú, el cuerpo divino, la sustancia sagrada, Sat-Chit-Ananda (existencia, conciencia y bienaventuranza). El asath (lo irreal) es conocido como sath (lo real).
La fe es vida, la falta de fe es muerte
     El proceso de vivir es el balanceo de un péndulo de la sonrisa al llanto. La niñez es muy tierna e inocente; la juventud está llena de locura y de faltas; la edad madura es confusa, llena de problemas y sus posibles remedios; la vejez transcurre lamentando los errores y tropiezos pasados. ¿Cuándo puede el hombre probar un poco de auténtica alegría? La naturaleza es la vestidura de Dios; refleja al Supremo. Brilla a través de las maquinaciones de la mente. El núcleo interno de cada cosa viva es Dios. Las alegrías y las tristezas son el resultado de involucrar a la mente en lo transitorio y lo trivial. La gracia divina cae como el sol, al que nada dañino que haya donde derrama su luz puede quitarle brillo. El Ser tampoco se ve afectado por los efectos de la mente, que sigue a los sentidos dondequiera que éstos vayan. Cuando el individuo se vuelve conciente de que el ser es Dios, no puede perseguirlo ningún temor de morir. El edificio se puede derrumbar, pero la base está a salvo.
     ¿Cuándo muere el hombre? Muere a cada momento; nace a cada momento. Muere cuando el siguiente pulso del reloj no llega. Cuando vuelve a latir, se nace otra vez. La fe es vida, la ausencia de fe es muerte. Solamente el cuerpo muere; el Atma está más allá del nacimiento y de la muerte. Con este conocimiento, el individuo se empapa en ananda (bienaventuranza divina).
La muerte afecta sólo el complejo mente-cuerpo
     Abandonen lo que debe ser desechado y conozcan lo que tiene que lograrse, entonces ananda se volverá su naturaleza. Renuncien a la idea de que el mundo tiene valor; conozcan la realidad del Ser y lleguen a la fuente, Brahman. Tal es el significado de la oración del Upanishad que ustedes rezan todos los días antes de empezar las clases en el instituto.
Asathomaa Sath gamaya (de lo irreal llévame a lo real),
Tamaso maa Jyothir gamaya (de la oscuridad llévame a la luz),
Mruthyor ma amrutham gamaya (de la muerte llévame a la inmortalidad).
     Ésta es una oración que pide ser llevado del jagath (lo mundano), el cual constantemente está siendo construido y reconstruido, resuelto y disuelto, hacia lo Divino, cuyo ser no padece cambio alguno. La oscuridad simboliza la ignorancia que induce a la identificación con el complejo cuerpo-sentidos-mente-razón. La luz revela el núcleo divino sobre el que todo lo demás está sobrepuesto merced a la niebla de una visión defectuosa. La muerte sólo afecta al complejo cuerpo-mente. Cuando se nos conduce a la luz, tomamos conciencia de que somos el Atma perenne y, así, nos hacemos inmortales.
     El corazón humano es un océano cuya profundidad nadie puede medir y cuyo horizonte nadie puede limitar. El océano contiene innumerables perlas y corales preciosos, pero también tiburones. Se debe explorar continuamente y con osadía para encontrar las gemas y perlas de los buenos pensamientos y sentimientos y cultivarlas cada vez en mayor medida.
La fuente y la meta son Dios y sólo Dios
     Hay dos obstáculos que se oponen al hombre en este valioso esfuerzo. El primero es la tendencia a compararse con los demás. Esto constituye un serio error. No hay dos cosas ni dos hombres que sean idénticos, aun los gemelos idénticos crecen de diferente manera en la vida. Ninguna de los millones de hojas de un árbol es exactamente igual a otra; los botánicos conocen muy bien esta característica. Sobre la tierra hay miles de millones de seres humanos, pero, ¿cuál es la impronta que les ha dado a cada uno de ellos un nuevo sello? Es la gloria de Dios. Una compañía produce millones de cajas, todas ellas idénticas; todas pueden abrirse y cerrarse con el mismo juego de llaves. El hombre ha sido creado por Dios, cada uno con su naturaleza, su cualidad, su potencialidad y su destino diferente. ¿Cómo entonces puede alguien compararse con otro y sentirse contento o desesperado? Decimos que aquel está alto y nos sentimos desanimados porque somos de baja estatura; o nos sentimos orgullosos por ser mejores que los demás. Todo esto es muy tonto si lo pensamos bien.
     En segundo término, tenemos el hábito de justificar nuestras fallas, excusar nuestros errores y evitar la responsabilidad de enfrentarlos directamente para corregirlos. Estas dos actitudes agravan la ignorancia del hombre y causan todavía más fallas. Todos tienen a Dios como su fuente, nadie es más alto o más bajo. Por Dios, de quien venimos, todos somos una familia. Los padres y otros parientes físicos son aquellos cuyo efecto sentimos en el camino, pero la fuente y la meta es Dios y solamente Dios.
     El poeta se lamentaba así: “Manteniendo al niño en su cadera, la madre vagaba en su busca creyendo que se había alejado. Observaba la faz de cada criatura para descubrir si era la suya. ¡Pobre fruto inmaduro! Su sabiduría era incompleta”. Uno puede madurar sólo cuando la Divinidad se desarrolla en nosotros después de haberla descubierto. Vivan en Dios, con Dios, sobre Dios y para Dios; beban a Dios, coman a Dios, vean a Dios, alcancen a Dios. Dios es la verdad, la sustancia, el corazón del hombre. “Yo soy el habitante de tu corazón”, dice Krishna. Cada célula del cuerpo humano es Dios, aunque no lo puedan encontrar con un microscopio. En estos momentos, ustedes están grabando mi discurso en un casete, pero ¿pueden ustedes ver mi voz o mis palabras ahora en él? No. Cuando ustedes vuelvan a escucharlo podrán oír nuevamente las palabras. Así, el cuerpo es la cinta, la voz de Dios es inmanente. Equípenlo con la fe y sintonícenlo con el amor, entonces podrán absorber mi voz y mis palabras. Un corazón puro, una mente limpia, una conciencia llena de Dios los ayudarán a escuchar Su voz dentro de ustedes.
Bhagavan Sri Sathya Sai Baba
Prashanti Nilayam, 01- 09 – 83
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